Me ha tomado todo el año superar una inmensa duda personal que comenzó apenas culminaba el año anterior. No sé, me pareció que de un momento a otro comencé a ser negligente conmigo misma de tal manera que ahora me resulta inaceptable. Aunque no tengo un nombre para definir mi situación de una manera precisa, sí pude encontrar un término más general; abandono.
No comprendo a qué se debió, pero lentamente fui arreglándome menos, olvidando todo tipo de actividad física, comiendo exageradamente, y durmiendo toda la tarde. Qué horror. Al principio me pareció normal, me felicité a mí misma por darme unas vacacioncitas lejos de la vanidad. Inconscientemente me justificaba con la excusa de que me estaba volviendo más natural y menos “plástica.” Y para colmo, le hice la cruz a todas las mujeres bellas del planeta porque eran unas superficiales sin oficio obsesionadas con Paris Hilton.
Lo más extraño de todo, es que durante parte de ese tiempo yo seguía totalmente segura de mí misma y mi autoestima no cayó ni un poquito. La misma cantidad de chamos me echaba los perros y yo como la más mami les decía que no porque sinceramente no me calaba los cuenticos de nadie si no me interesaba.
Pero un día La Voz de la Sabiduría (mi madre) quitó todas las telarañas que envolvían mi mundo de fantasía y me hizo caer en la realidad. “Ivana, tú como que te has ganado unos kilitos.”
“No Mami, por Dios, qué kilitos de qué? Si yo estoy igualita.”
“Ah bueno, tú sabrás. Pero en estos días estaba viendo las fotos del cumpleaños de tu hermano y ya no te pareces a la muchacha con la franelita de Brasil.”
“Cónchale Mami es que tú siempre has estado obsesionada con éso de las dietas y los ejercicios, no me vengas con el mismo cuento otra vez.”
Me gustaría muchísimo poder decir que en aquel momento La Voz de la Sabiduría tuvo algún efecto en mí. Pero no. Conversaciones como aquella se repitieron una y otra vez. Decidí consultar con mis amigas, pero qué va, aquí las gringas son duras para decirte algo como “Sí mamá ‘tás gorda!” en tu cara.
Con los meses, al darme cuenta de que mi madre tenía, como siempre, toda la razón, mi autoestima fue cayendo poco a poco. Lo peor es que pensaba que ya nada me podía sacar de ahí. Me sentía floja, gorda, aguada, bruta. Ay no, qué horror es ser mujer algunas veces.
Pero a medida que el año acababa comencé a tomar las riendas del asunto y a buscar soluciones a mi problema, que en realidad no era tan grave como yo me lo planteaba. Empecé por adoptar una filosofía de amar mi cuerpo. No me importa qué talla use, o si tengo una espinilla, o no encuentro ropa que me convenza, me amo tal cómo soy, porque soy una obra de Dios, y él me da la oportunidad de mejorar lo que veo en el espejo. Luego fui a la nutricionista, aprendí a comer mejor; más frecuentemente pero cantidades más pequeñas. También empecé a hacer ejercicios con mi madre que es una mujer preciosa y me empuja a seguir adelante. En fin, comencé a quererme de nuevo y a asimilar el hecho de que mi cuerpo es sagrado y debo cuidarlo para que refleje las maravillas que encierra dentro.
Sé que parece cursi, pero no imaginan la seguridad que he recobrado. Siento que soy una mujer verdadera. No sólo porque me cuido físicamente sino porque no descuido el espíritu y cada día busco cosas que lo puedan ayudar a crecer. Sí, sí, como el título dice, este es probablemente el post más superficial que verán aquí, pero en verdad necesito enviar este mensaje a cada persona para ayudarlos a entender que siempre hay una solución a todo, y que lo importante es tener la perspectiva apropiada y la actitud correspondiente para ver todos los cambios positivos, por muy pequeños que sean.
Ivana.